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Francisco Fuertes
Martinez |
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RESUMEN
Esta ponencia pretende desarrollar la anterior, en este
mismo curso, (Fuertes, 2006) aquella dedicada a un análisis
psicosocial general de la estructura y procesos de la violencia
psicológica; ahora centrada en el/los incidente/s crítico/s, sus
antecedentes y sus consecuencias, como hito especialmente
esclarecedor de cara al diagnóstico, prevención e intervención en
este síndrome.
Se apoya en la aportación empírica de 17 casos
reales.
En la introducción que sigue, se condensa una lista de
conclusiones analíticas.
INTRODUCCIÓN
La mayoría de los casos de violencia psicológica, nos los cuentan
tanto las personas afectadas, como otras terceras, centrando la
narración en el núcleo duro de la enmarañada lista inacabable de
actos agresivos.
La propia víctima aporta un dato más: el daño
sufrido, en curso, o sus consecuencias post traumáticas,
dificilísimo de comunicar, de que sus congéneres sintonicen
empáticamente; pero también se suele concentrar en tal núcleo
narrativo mezclado con sus vivencias.
Encerrarse en tal bucle
intemporal, sin principio ni final definible, es un daño añadido más
que puede engullir todo el pasado y futuro de la víctima, y
oscurecer el análisis, diagnóstico, pronóstico y soluciones posibles
del problema.
Aquí defendemos, con Leymann (1993, 1996), que un
antecedente significativo de tal caos de movimientos violentos es un
incidente crítico relativamente concretable y/o varios difusos, que
forjan el atractor, el focalizador, de la dinámica caótica, a la
medida, y en contra de la víctima.
Para ello se aportan casi una
veintena de incidentes de casos reales, de cuyo análisis se extraen
como conclusiones básicas las siguientes, que trataremos de
argumentar y extender:
a) El incidente crítico encierra una declaración legítima y
desafortunada de insumisión.
b) Legítima porque rechaza un intento de abuso de poder;
desafortunada, porque implica la negación e inversión, con
evidencias, de las cualidades de las que presume el prepotente.
c) Retrotrae su significado, a una etapa previa, y otros factores
contextuales sincrónicos cargados de ambigüedad, que llamaremos
“Prolegómenos” o “Pródromo”.
d) Fruto de la interpretación que hace el incipiente agresor, éste
se siente radicalmente “(auto)amenzado” y en consecuencia
“(auto)legitimado” para castigar sin límite.
e) La estructura y dinámica del Incidente Crítico, contextualizado
en sus prolegómenos y consecuencias inmediatas, conforman una unidad fractal que se copia a sí misma en todo el proceso de acoso
posterior.
f) En la etapa de acoso puro y duro, se añade el intento de castigo
al de sometimiento y se cambia la táctica de seducción privada por
la agresión grupal.
g) Desde tal unidad originaria, se obtiene una perspectiva más clara
del síndrome en su totalidad que desde la tópica visión del proceso
exclusivamente en sus fases centrales.
h) La defensa del “yo totalitario radicalmente (auto)amenzado”, se
auto legitima para el “todo vale”, con la sola condición de que
resulte impune, e incluso premiada.
i) La táctica más frecuente para lograr tal estrategia totalitaria
es que los actos violentos, y sus consecuencias en la víctima, sean
socialmente invisibles, a base de focalizar la violencia social
“normal” sobre la víctima, instrumentando al grupo próximo.
j) La distorsión interpretativa que sufren en este contexto los
legítimos actos de defensa de la víctima, sustancial e
invisiblemente dañada, encierran el núcleo duro de las agresiones en
un bucle sin solución en sí mismo.
k) Se proponen dos líneas de intervención para tal violencia social,
sin defensa social: inhibición de la agresión social/colectiva y
potenciación de la defensa social/colectiva.
METODOLOGÍA
Se presenta a continuación una pequeña muestra, que pretende ser
pedagógicamente variada, extraída de algo más de 70 casos atendidos
en los últimos seis años.
La metodología de identificación de este componente procede del
estudio de casos con entrevistas en profundidad; en las que después
de escuchar la exposición abierta de –cuando menos una amplia
muestra- las enmarañadas historias agresivas, se plantean preguntas
y referentes de la índole siguiente:
• -¿Puedes identificar una fecha, o un lapso de tiempo relativamente
corto, o concreto, en el que sucedió algo especialmente chocante,
nuevo, desbordante, entre tí y tu actual agresor, que marcó un antes
y un después de vuestras relaciones?. ¿Qué fue lo que sucedió entre
vosotros?
• Probablemente, en el antes, vuestras relaciones fueron, o llegaron
a ser, simplemente ambiguas; ambigüedad seguramente creciente,
hasta llegar a uno o varios incidentes, que de inmediato, o casi de
inmediato, fueron seguidos de las agresiones que me estás
contando.
• La ambigüedad previa pudo tener que ver con el tipo de relación de
poder informal (o fuera del ámbito del poder formal) a establecer, a
definir, entre vosotros (jerárquica: dominante-dominado, o entre
iguales).
Inicialmente se plantea sólo la primera idea de esta cuestión, como
en el estilo general de esta metodología de entrevista mínimamente
estructurada, para introducir el menor número posible de sesgos en
la recuperación de los hechos.
En algunos casos, el o los
incidentes, ya han aflorado en la narración espontánea, y se trata
simplemente de confirmarlos; en otros, surgen a partir de la mínima
insinuación; y sólo en unos pocos son necesarios todos los
referentes propuestos (en aquellos en los que no hay un incidente
único, sino varios difusos; o simplemente, no parece haberlos, o no
los hay).
Quienes identifican con ayuda del entrevistador, este
hito, suelen mostrar una emoción de sorpresa y agrado esclarecedor;
una emoción muy parecida tiene el investigador, por cuanto gana un
elemento teóricamente explicativo importante, y muy trascendente
para su narración pública creíble (ante otros profesionales o ante
los tribunales), que organiza la historia y amortigua
significativamente el efecto rechazo que suele producir la
desasosegante narración-caótica-de-hechos-caóticos (por otro lado,
primera evidencia de verosimilitud).
Una pequeña muestra de Incidentes críticos:
1. Se reúne la plana mayor, políticos y técnicos de diversa
procedencia, de una nueva sede de una institución pública, en una
comida de confraternización y celebración de los primeros logros.
En
uno de los corros los comensales cuentan su procedencia y peripecia
vital hasta llegar a este equipo.
Ante una de las historias de un
cargo político, otra comensal, “A”, con cargo técnico, se entera que ambas proceden del mismo escenario previo, y lo
comenta, añadiendo: “¿Así que tú eres ¡X!?”. “X” enrojeció
inopinadamente con una ira visible e inconfesable, lo que enseguida
sintonizó su interlocutora procurando inútilmente arreglarlo con
timidez y auto punición.
A partir de aquí, las cosas cambiaron
radicalmente, en el día a día, para “A”: una oscura confabulación
social, orquestada por “X”, hizo de la vida laboral de “A” una
experiencia muy amarga.
En el escenario previo, la historia de “X”
era públicamente conocida como de muy dudosa moralidad.
2. “B”, un oficial administrativo de larga veteranía y eficacia
reconocida, se ve confuso y molesto por lo que parecen insinuaciones
homosexuales de su nuevo director; insinuaciones que un día son
explícitas, a las que responde con una negativa rotunda.
Todo
cambió, para mal, a partir de ese día. “B”, muy enfermo, terminó
abandonando “voluntariamente” su trabajo con contrato fijo.
3. Llega a una emisora de radio un nuevo empleado, “Y”, que pronto
inicia una relación de pareja con “C”, una locutora vocacional y
románticamente vitalista.
Al tiempo que “Y”, con la ayuda de la veteranía de C, va ascendiendo, hasta llegar a director, “C” se va
decepcionando con él como pareja, llegando a plantear educadamente
una ruptura.
"Y”, no lo asume e insiste abrumadora e inútilmente;
por lo que cambia de estrategia y llena la labor diaria de “C” de
dificultades e indisposición con los compañeros absurdas, cuyo cese
condiciona –subliminalmente- a la sumisión sexual de “C”.
La
interpretación de la inquebrantable insumisión de “C” y la valiente
reivindicación de sus derechos, no hacen sino complicar las cosas,
incluida la salud de “C”, que termina despedida y socio
profesionalmente marcada.
4. Dos jóvenes compañeros de trabajo, hombre y mujer (“D”), se
despiden al terminar la jornada con el juguetón código de lanzarse
un “besito volado” desde las respectivas ventanillas de sus coches.
Tal coleguil escena es contemplada furiosamente por un tercero, “Z”,
el segundo de a bordo del centro de trabajo.
Al día siguiente, “D”
fue cesada fulminantemente, con argumentos cargados de ambigüedades,
de su cargo de responsable de equipo.
Las reivindicaciones de “D”
-no para su reposición, puesto que igual que fue nombrada podía ser
destituida- sino para replicar las sinrazones y forma humillante del
cese, fueron seguidas y entremezcladas con impensables menosprecios
y suspicacias de sus compañeros y otras agresiones directas de “Z”.
Durante varios meses previos al incidente “del besito volado”, “Z”
había realizado repetidos intentos rocambolescos de seducción hacia
“D”, con resultado nulo a la vez que educado.
“D” ha tenido varias
bajas laborales largas, muy motivadas, e intenta cambiar de centro
de trabajo.
5. “E” tiene un cargo intermedio-alto en la jerarquía de un banco y
es representante sindical.
Ante los nuevos tipos de contrato,
minorados, a un pequeño grupo de nuevos compañeros, presenta una
queja formal desde el sindicato, ante la dirección del banco.
A
partir de aquí, un compañero en acelerado ascenso, orquesta una
amplia variedad de obstáculos al trabajo de “E” y vejaciones a su
persona.
“E” llegó a coger una baja por depresión, y a poco de
reincorporarse, su infierno se apagó al día siguiente de que su
partido político ganara las elecciones nacionales.
6. En un ayuntamiento costero, “F” como policía municipal requisa a
un vecino las artes de pesca ilegalmente utilizadas.
Al día
siguiente, el alcalde, le pide, -dando mil rodeos-, “que haga la
vista gorda, que esas artes requisadas son muy caras…, que las saque
clandestinamente del almacén y las deje en un lugar determinado
donde el vecino avisado las recuperará…”.
“F” se niega en redondo a
esta corruptela.
Su vida laboral, en lo sucesivo, ha sido un
infierno que ha envenenado su alma.
7. Otro de ayuntamientos (porque se repiten sobremanera). “G1” es
una jurista novel que gana “contra todo pronóstico” una plaza
técnica de su especialidad en un consistorio.
Un concejal allegado
de otra opositora con aspiraciones oficiosamente garantizadas, pero
ahora frustradas, le hace su incorporación, su trabajo y sus
relaciones interpersonales insufribles.
Sólo un compañero de trabajo
la apoya, “G2”, quien es a su vez objeto del mismo tipo de
agresiones.
9. A raíz de una separación matrimonial, “H” sufrió una crisis que
la empujó a refugiarse en el apoyo emocional de una compañera de
trabajo, algo más veterana que ella.
“H” llegó a alquilar una
vivienda al lado de su acogedora amiga, llevando entre ellas una
normal relación de amistad.
Con motivo de la boda de un compañero de
trabajo a la que estaban las dos invitadas, “H” dedicó buena parte
del tiempo a bailar con un compañero concreto.
Desde el primer día
de la vuelta al trabajo, “H” se vio con una escalada de problemas
sociales insospechados orquestados por su “amiga”; enfermó, y llegó
a renunciar a su trabajo fijo, para reemprender con muchas dificultades una nueva vida.
10. “I” trabajaba en un registro de la propiedad como auxiliar,
compaginando su actividad remunerada con estudios de derecho.
A
partir del día en que anunció el logro de su titulación
universitaria, todo su pequeño núcleo de compañeros se volvió contra
ella de mil formas repugnantes, bajo la batuta del registrador.
“I”
enfermó seriamente y llegó a una auténtica situación de exclusión
social y profesional.
11. Un veterano funcionario académico, “J”, llega a una nueva
universidad recién creada en una provincia mediana limítrofe con
otra grande y de abolengo universitario secular.
El rápido
crecimiento del área se va nutriendo –por las buenas, o por las
malas; con una ingeniería curricular inflacionista- de candidatos
procedentes de la veterana universidad vecina del área dominada por
el catedrático “P1”.
El pequeño grupo inicial de noveles es aún más desconcertante para el veterano: responden ciegamente a las rígidas
consignas del primero de ellos, P2.
Un mal día “J” remata una queja
ante “P1” con un “¡Desprográmalos!”.
Lo que marcó un antes y un
después, para mal, muy mal, de la vida profesional de “J”.
12. En una pequeña empresa familiar, de actividad prototípica
masculina, trabajan como directivos el padre y varios de los hijos.
Uno de ellos “K”, es homosexual.
En algún momento temprano empezaron
las burlas impunes a su condición sexual, que fueron creciendo, y en
otro momento preciso lo fueron en presencia del padre, quien no sólo
no las reprobó, sino que las celebró mímicamente.
“K” reclamó
airadamente sus derechos; nuevo coro de burlas, nuevas
reclamaciones, nuevo coro de burlas…
Solución practicada: abandonar
la empresa familiar, y la propia familia.
13. “L” abandonó una posición medianamente alta en un banco
tradicional, para aceptar la dirección de una sucursal de otro banco
de nueva implantación y estilo.
Extrañamente, su jefe inmediato,
“Q”, le prohibió en cierta ocasión que hablara o se relacionara, con
otro compañero concreto; abuso de poder del que no hizo el menor
caso.
A partir del día que “Q” observó a “L” confraternizando con el
compañero prohibido, empezó toda una tragedia laboral para “L”, que
pudo zanjarse –no sin daños irreversibles- con el asesoramiento de
un psicólogo y el despido indemnizado pactado por una abogada.
14. En el
escenario de una comunidad de vecinos de una localidad turística,
“M”, presidenta de la comunidad, entiende y argumenta fidedignamente
que sufre acoso por parte del portero de la finca:
Durante sus
primeros meses como presidenta le llamó la atención al portero, de
manera extremadamente educada, sobre el incumplimiento de algunas de
sus obligaciones de rutina.
Ante el caso
omiso, un día hizo explícito su rol de presidenta y le dio órdenes
tajantes.
A
partir de tal fecha comenzaron los problemas que convirtieron su
escenario de descanso en un foco de tensiones sufridas
impotentemente en solitario.
Para el auto
concepto machista,
-íntimamente central e incuestionable-, de este portero, la
interpelación de su presidenta resultó una amenaza imperdonable.
15. Una jovencísima alumna de bachillerato, “N”, se ve en un nuevo
escenario educativo y entre los nuevos profesores uno le resulta
algo más que desconcertante, es muy arbitrario (rasgo que no encaja
en su modelo idealizado del maestro), por lo que se revela contra
sus órdenes arbitrarias (prohibido cruzar las piernas, coger el
lápiz de determinada manera…).
El profesor la castiga poniéndola en
situaciones ridiculizantes, y se complace en el coro de burlas
“espontáneas” de un grupo de la clase… doble rebelión, nuevas burlas
y ridiculizaciones...
“N” parece capear el temporal, con tensiones
llevaderas; pero más adelante en una nueva etapa de transición
educativa, rompe en una grave crisis, que rememora atormentadamente
aquellos hechos y sus respectivos responsables.
16. Una empresa local de seguros, donde trabaja “O” como inspectora
médica, es comprada por una multinacional.
Para “O” y los pocos de
sus compañeros que permanecen es como volver a empezar.
En la
revisión de la facturación de un hospital, “O” detecta un desfase de
una cantidad importante, que recibe la felicitación de su nuevo jefe
“R”, quien convoca una reunión con la cúpula del hospital.
Algo
ocurrió inmediatamente antes de su celebración, porque en ella “R” la descalificó a ella y sus indagaciones.
La interpretación de
la lógica réplica de “O” completó el primer ciclo de un largo flujo
de agresiones, que incluso arreció a partir de la viudedad de “O”.
El despido en el que terminó fue declarado improcedente con la ayuda
de un peritaje psicológico, además del necesario abogado defensor.
En cerca de la mitad de los casos, del total de la muestra, no
aparece un incidente concreto, pero si una serie creciente de
demostraciones de voluntad de independencia, de rechazo de
corruptelas o insinuaciones sexuales, de denuncia de irregularidades
o corrupción, etc., similares a los concretos, pero donde no se
localiza el salto cualitativo de una etapa de intento de
sometimiento “consentido” a otra incondicional y de castigo.
NATURALEZA DEL/OS INCIDENTE/S
En la dinámica temporal de este síndrome, el incidente crítico
corona una primera etapa de prolegómenos, en cuyo contexto adquiere
un perverso significado para el seductor prepotente, desencadenando
el proceso de violencia escalada o etapa nuclear del acoso, lo que a
su vez da paso a una nueva etapa de alarma institucional (Fuertes,
2003b, 2006).
Este hito significa también el paso de una interacción
casi exclusivamente diádica privada, a la apelación al grupo,
genuino instrumento de violencia insoportable para el individuo
aislado.
Conforme el alcance social del conflicto se va ampliando
emergen posibilidades de solución, o agravamiento, porque en el
binomio acosado-acosador se dan muy pocas posibilidades para llegar
a ser un conflicto significativo (salvo en la estricta violencia
física).
La etapa inicial de Prolegómenos, suele caracterizarse por el
“tanteo” entre quien inconfesablemente pretende la sumisión
consentida de otro (algo parecido a la táctica de captación de las
sectas por “bombardeo de amor”), alardeando de grandes cualidades
virtuales de superioridad; y ese otro, con cualidades envidiadas / deseadas
llevadas con llaneza, no mercantilizadas, que por ingenuidad,
educación, cautela, duda generosa, miedo o torpeza, cede
inicialmente o no replica con un “no” nítido y diplomático a tiempo
y en igualdad de fuerzas.
Tal réplica no es fácil, porque significaría hacer explícito algo
entre dudoso e inquietante: la agenda secreta, oportunamente
imprecisa, de lectura entre líneas, del embaucador; pero la
indecisión es también contraproducente.
La persona
perseguida se ve ante una ambivalente atadura argumental, o Doble
Vínculo, síndrome patológico de la comunicación perversa, que arreciará en el resto del proceso.
En varios de los incidentes aportados no se narra tal etapa, unas
veces por razones de síntesis, las más por intuitivas, y otras
intencionalmente para provocar la perplejidad del lector,
preguntándose “¿y esta reacción, por qué?”.
El primero de los
incidentes tiene la peculiaridad de que tal etapa es recuperada
fortuita y retrospectivamente, con un desfase temporal muy amplio.
Otro ejemplo, extremo y dramático, de los riesgos intrínsecos
de esta etapa, que puede comenzar y terminar en sí misma, sin
necesidad de más elementos posteriores, es el de la enfermera o
trabajadora social novel, sin entrenamiento específico ni asistencia
de veterano/as, sola, ante el “simple” acoso (no incluye la
violación, sino la amenaza) sexual de enfermos mentales; que llega a
provocar brotes psicóticos en algunas profesionales sanitarias
sometidas a estas precarias y ambiguas condiciones.
Esta última
casuística es algo más que anécdota, permite atisbar todo un
síndrome específico, hoy por hoy sin nombre; sobre el que la
ignorancia e irresponsabilidad institucional es supina.
Quienes lo
han sufrido se sienten, erróneamente, avergonzadas porque entienden
que han cometido una torpeza profesional intolerable, además de sus
“vergonzantes” consecuencias.
Ahórreseme la explicación de la
altísima ambigüedad de este rol profesional con este tipo de
enfermos “ambiguos” e institucionalmente irresponsables, en
situaciones de privacidad.
La imprecisa desvergüenza del prepotente, juega también con la
situación de rehén de su víctima, su atadura simbólica –pero difícil
de romper- a un escenario, vocación, puesto de trabajo o rol; además
de la estricta privacidad en la que realiza sus proposiciones en
esta etapa.
Más adelante habrá testigos de episodios concretos, el
grupo, pero cautivos (por miedo a un castigo similar, o interesados
en repartirse los despojos de la víctima).
Entre los factores
contextuales distales que propician este tipo de situaciones,
sobresalen las estructuras organizacionales confusas.
En las
organizaciones más propensas a este riesgo se detecta una exagerada
diferencia entre el organigrama oficial y el oficioso.
En nuestro estudio de casos nos resulta una
herramienta muy esclarecedora la confección de organigramas (aún a
riesgo de que un juez nos lo haya echado en cara, como intromisión
en el insondable mundo interno de la empresa, por parte de un
psicólogo).
En una variante, el acosador suele ser un “mandao” o
halagador, de un poder individual, o coalición, en la sombra
del organigrama oficioso, y/o de las “Agendas Secretas” de estos mismos
poderes en versión oficial (siendo la más secreta de las agendas, la
del propio acosador directo).
En otra variante,
que bien puede mezclarse con la anterior, el acosador se auto
adjudica el rol oficioso de coordinador, orquestador o puente, entre
unidades o subsistemas organizacionales oficialmente disjuntos, cuya
coordinación se supone innecesaria, o simplemente sincronizada por
el propio diseño mecánico de la estructura organizacional.
Uno de los casos aportados
resultó caricaturesco en este aspecto: la acosadora, vista desde
fuera, aparecía como una patética correveidile entre la dirección
religiosa del centro y el resto del personal civil; el paquete
explosivo se completaba con un cumplimiento desmesurado,
“inigualable”, de las ceremonias religiosas.
A la víctima se le
agredió de mil maneras institucionales, por “no poner la otra
mejilla”.
Además de estos factores estructurales, un ingrediente
institucional procesual importante para este caldo de cultivo, de
relaciones interpersonales delicadas, cargadas de potencial
suspicacia, deriva de las políticas de gestión de personal por
objetivos individuales, bajo una retórica, cínica, de trabajo en
equipo.
La buena fe o credulidad de unos es aprovechada oportunamente
por el pragmaticismo amoral, o simplemente impune –y como tal,
premiado-, de unos pocos.
Estas características proporcionan los
posicionamientos previos del candidato a acosador, y se ahondan
envolventemente en el núcleo duro posterior 136 del proceso agresivo
duro: el acosador va dejando en cada ámbito la versión más
oportunista de los acontecimientos.
El cultivo de habilidades sociales de asertividad para aplicar en
situaciones delicadas es el antídoto para prevenir, más que para
superar esta fase; así cómo la responsabilidad de la autoridad para
evitar o vigilar tales situaciones.
El Incidente
crítico es el detonador del conflicto, en el que la potencial
víctima, finalmente decepcionada y alertada, desde una sana
reactancia expresa, verbal o conductualmente, “alto y
claro” (sobre todo en contraste con la etapa anterior o
“Prolegómenos” ) hacia el domador diletante, un penta mensaje:
a) Movido por una confianza consciente y utópica en el Estado Social
y de Derecho; a la vez que confundido por un miedo, no del todo
consciente, a los imprevisibles ataques de alguien amoralmente
pragmático:
b) Rotunda voluntad de independencia,
c) Ante alguien desenmascarado como el antimodelo
social de lo que pretende parecer,
d) de lo que el indómito tiene evidencia, fruto de la etapa previa y
actual, y que
e) podría dar testimonio público de ello.
Basta con que uno o dos de estos componentes estén vagamente
explícitos, el resto lo pone el contexto, y sobre todo, las
gratuitas inferencias del destinatario, quien pergeña una respuesta
paralela:
a) De
miedo a las cualidades del independiente.
b) De
sentimiento de amenaza (“me siento amenazado” es de lo poco y más
repetido que hemos oído de los propios acosadores) a su frágil
identidad psicosocial, llena de virtualidades.
c) De resentimiento y temor ante las evidencias que el indómito
conoce, y
d) sobre todo pánico, del testimonio público que podría dar de todo
ello su escurridiza presa.
Por lo que se auto legitima para castigarle sin límite, centrando su
más alta estrategia en desacreditarlo radicalmente:
No habrá ni
testimonio público creíble, ni persona concreta convencida de sus
acciones punibles, quien además permanecerá mínimamente vivo para
sufrir.
El pragmatista amoral, virtualmente exitoso, encumbrado, no
puede soportar el rechazo del que él considera “un/a simple
idealista, sentimental, o bello animal”.
Un ejemplo pedagógico, a la
vez que de los más repetidos, es el del político local corrupto,
encumbrado en una imagen pública de honestidad mesiánica, frente al
funcionario policial, o cualquier otro técnico.
Parecen sentirse
como “equilibristas o burbujas sociales”, que se tambalean por un
simple soplo, y se demuestran predispuestos a caer en un sesgo atribucional siniestro.
El error
sistemático, o sesgo, de atribución siniestra, consiste en inferir gratuitamente la
responsabilidad, y
consiguiente merecimiento de castigo, de todo aquel que cause un
daño u ofensa:
• aún en legítima defensa- , por cuanto se lo supone premeditado
(intencional y previsible).
En buena parte de la antigüedad era seguramente muy frecuente la
atribución de intencionalidad a la conducta de cualquier individuo
que causara un daño, voluntario o no.
En las situaciones más
exacerbadas por la desconfianza y la lucha por la mera
supervivencia, se estigmatizaba a los diferentes y/o del exogrupo,
entre otras inferencias, con la atribución interna de
intencionalidad permanente de agredir.
Es el argumento central para
las Cruzadas y la Guerra Santa.
Ni los niños prehistóricos, ni sus
padres, sabían esgrimir aquello de “lo hice sin querer”; menos aún
se le ocurría a un esclavo.
Esta es una de las leyes de la selva, en
la que no se distingue el libre albedrío, ni del azar, ni de otros
condicionantes externos.
Su distinción es un logro cultural; aunque
no de avance lineal, ni definitivo.
En Occidente, y en el siglo XXI
tal avance parece estar en retroceso, en circularidad con miedos,
dogmatismos, narcisismos y oportunismos.
Etnográficamente, todavía hoy, por ejemplo, viajeros que han
conocido el África profunda, dan testimonio de linchamientos de
conductores de vehículos que causaron, voluntaria o
involuntariamente, algún daño grave.
Por el contrario, en Occidente,
es innegable que ocurre más de un asesinato, camuflado de accidente.
Tampoco a las mafias romanas se les podía ocurrir la estrategia de
“que parezca un accidente”.
Ante tal bipolaridad, una sociedad avanzada, o un individuo sano,
maneja una gama de cautelas para decidir la atribución de
responsabilidad de quien cause un daño.
Estas son fundamentalmente:
La valoración de la intencionalidad y la previsibilidad de las
consecuencias.
La intencionalidad es suficiente por sí misma para la
culpabilidad; sin embargo puede no haber intencionalidad, pero sí previsibilidad, con lo cual estamos ante la conducta delictiva
temeraria.
En los extremos de esta normalidad, se encuentra, por un
lado, el sesgo aludido de atribución siniestra caracterizado por
unos bajísimos umbrales o cautelas a la hora de sentenciar:
¡Culpable!.
En el otro
extremo estarían dos errores o sesgos entrelazados, el error
fundamental y el error primigenio de atribución.
El primero tiene que ver
con la tendencia del observador a sobreestimar la importancia de los
rasgos de personalidad o internos, del actor en su comportamiento,
en detrimento de los factores contextuales o externos.
El segundo
matiza el anterior refiriéndose al sesgo de percibir la conducta
positiva del endogrupo y la negativa del exogrupo como consecuencia
de rasgos estables de sus respectivos miembros, y viceversa, a
juzgar la conducta negativa del endogrupo y la positiva del exogrupo
como consecuencia de factores contextuales.
Cuando un caso de acoso llega ante los testigos mudos, las
autoridades de la organización o ante la institución judicial, corre
muchos riesgos de que en el mejor de los casos inviertan el esquema
atribucional del agresor, y a favor de éste; una doble pirueta.
Suspendan la atribución de responsabilidad del ahrtesor, por medio
de cautelas institucionalmente excesivas, interesadas, o
ritualistas, de y para individuos o colectivos cuyos incuestionables
objetivos justifican métodos temerarios, cuando no, intencionalmente
agresivos.
Con este nuevo frente se las verá, de lleno, el acosado
en la etapa de Alarma Institucional.
Entre ambos frentes emergerá y
se consolidará el agujero negro de la Indefensión de la víctima.
Por un lado, la patológica desinhibición primitiva del acosador para
inferir, inicialmente peligro potencial por la mera presencia
independiente del candidato a acosado, y perversión en su
recalcitrante reactancia y actos de denuncia, puede que inicialmente
no sea intencional; pero muy pronto todos llegan a ser
meridianamente temerarios, y a continuación afirmativamente
intencionales.
El progresivo refinamiento de sus ataques es una
buena demostración de su intencionalidad y consecuencias buscadas.
Por el otro, lo contrario a favor del agresor, la inhibición
atribucional patética de testigos, autoridades o tribunales, cargada
de cautelas, formalismos y neurosis burocráticas, frecuentemente en
connivencia (implícita o explícita) con la trama de intereses del
grupo acosador.
Por lo poco, esta inhibición, no deja el aparente
conflicto en tablas, ni menos aún lo frena; ni siquiera lo deja con
su inercia propia. Lo potencia.
Una paradoja concreta, de esta índole, es algo más visible:
Parece
abundar la literatura jurídica a la caza del denunciante de acoso
como simulador de agresiones y daños inexistentes.
Aunque por
supuesto puede ocurrir, no hay la misma preocupación equivalente, y
certera, por el acosador como simulador de unas virtudes públicas
que no son tales, sino inversas a lo que pretenden parecer.
CONCLUSIONES
Estamos ante un
tipo de violencia que no es posible sin el concurso social; y que de
darse, se remedia reinvirtiendo las fuerza sociales agresoras, o
cuando menos, equilibrándolas con fuerzas de ayuda.
Nuestra sociedad
parece estar involucionando, perdiendo, sus convicciones en Los
Derechos Humanos Universales, al aplicar “dos varas de medir”: Una
para “los míos”, otra para “los demás”; generando, por lo poco, en
mucha gente, la sensación de “yo no sé si soy de los nuestros”,
humor negro.
Ponencia completa original en pdf, con referencias y bibliografía
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