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Francisco Fuertes
Martinez |
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INTRODUCCIÓN
El Mobbing, acoso grupal, moral o psicológico es un síndrome de
patología social consistente en la agresión sutil sistemática,
recurrente, a un individuo por parte de un grupo por cuanto el
individuo-acosado se resiste a la voluntad arbitraria del grupo. Tal
maltrato se infringe con repetidas conductas grupales de
menosprecio, ninguneo, faltas al respeto; y en general, distorsión
perversa de la comunicación y los significados, que definen la
identidad personal y social de la víctima.
Trataré de ajustarme al siguiente guión en esta disertación. Primero
describiré algunas características generales del problema,
incluyendo su incidencia; seguiré con algunas precisiones sobre la
definición del concepto, para dedicar la argumentación central a
describir las principales etapas de este proceso recursivo, buscando
algún resquicio para detener su dinámica en cada una de las etapas
descritas. Haré frecuente uso de metáforas, más o menos afortunadas,
ya que el problema es complejo, y entiendo que su solución más
radical, estriba en que su análisis, interpretación y rechazo sean
culturalmente tan compartidos como el de la esclavitud, por ejemplo.
La fuente de los datos y abstracciones que esgrimiré, son por un
lado el estudio de la literatura científica sobre el tema, y por
otro las conclusiones que se van decantando de mi trabajo de
investigación durante los últimos cinco años, estudiando casos
concretos de acoso con metodología cualitativa, a partir de
entrevistas en profundidad; la mayoría de ellas con casos reales de
acosados, y unas pocas con acosadores y falsos acosados; así como
algunas intervenciones (mediación, peritaje y coaching).
CARACTERÍSTICAS GENERALES
Este problema, aunque virtualmente es tan antiguo como la propia
humanidad, ha sido descrito científicamente en fechas recientes por
el psicólogo alemán asentado en Suecia, Heinz Leymann (Leymann,
1986). Empezó a popularizarse en el mundo científico a partir de las
primeras traducciones al ingles (Leymann, 1996). Desde finales de
los 90 ha llegado a ser un asunto de extensa inquietud y debate
publico. En nuestro contexto ha tenido especial impacto la
traducción de la obra de la psicoterapeuta francesa Marie France
Hirigoyen, (1999, 2001); así como el manual, de enfoque clínico, del
profesor de la Universidad de Alcalá de Henares, Iñaki Piñuel
(2001), la traducción al español del articulo de Leymann de 1996, y
la creación de varias asociaciones de afectados.
La incidencia detectada de este problema ronda entre el 3,5%
(Leymann, 1996), y el 20% (Piñuel, 2001) de la población laboral. La
explicación de este amplio rango, del 3,5% al 20%, estriba
fundamentalmente en la definición del concepto (no es una cuestión
de todo o nada, de blanco o negro, sino un proceso de gravedad
creciente); o punto de corte, donde lo que todavía no se considera
mobbing, comienza a serlo. También depende de que se pregunte por
experiencias actuales, o de todo el ciclo vital. Por otro lado,
depende de los sectores de población muestreados y otros factores
metodológicos (por ejemplo, se detecta mayor incidencia en el sector
público que en el privado; o en los servicios más que en la
industria).
En el ámbito de la discapacidad, Leymann detecta una incidencia del
22% (Leymann, 1993; pp. 122-6). Si para la población general, una
incidencia sincrónica del 3,5%, significa -teniendo en cuenta todo
el ciclo laboral de un trabajador medio-, que uno de cada cuatro
trabajadores lo sufre a lo largo de su vida laboral; parece difícil
que una persona con discapacidad escape a este tormento en algún
periodo de su vida.
Hasta un 20% de los casos de Mobbing llega a extremos fatales,
cometiendo suicidio (inducido), o terminando en una exclusión total
laboral y/o social. También es interesante señalar que alrededor de
un tercio (20-40%) de las jubilaciones anticipadas anuales lo son
por causas de maltrato psicológico.
Atendiendo al género, se detecta sistemáticamente una mayor
proporción de hombres acosadores y mujeres acosadas. En cualquier
caso el elemento situacional más frecuente en los casos de Mobbing,
es el desequilibro de poder fáctico (formal o informal). Se acosa
desde posiciones ventajosas de poder, sobre individuos en
desventaja, desarrollando una sutil agresividad que sobrepasa
cualquier barniz cultural, ideológico, religioso, docto, de género o
de edad. Quienes más acosan suelen estar asentados en posiciones
estructurales o coyunturales de poder, y los acosados en desventaja;
desventaja de partida, que se agranda exponencialmente con la
dinámica del acoso. Su elemento dinamizador más importante, parece
ser la cultura que prima el pragmatismo por encima de la ética, los
resultados concretos considerados valiosos, por encima de los
procesos.
ESCENARIO Y ETAPAS DEL ACOSO
Escenario
El acoso psicológico puede darse en cualquier situación social, no
sólo en el ámbito laboral, que reúna las siguientes condiciones, las
dos primeras más estructurales, la última más dinámica:
A) Privacidad o lejanía del control público o del estado de derecho.
El ámbito social privado por excelencia es la alcoba, y sus
inquilinos la pareja. También los equipos de trabajo, sin llegar a
los extremos de la alcoba, tienen importantes grados de privacidad.
La organización suele centrar su control en los resultados,
otorgándoles diferentes grados de autonomía o semi-autonomía. El
grupo semi-autónomo, como unidad del diseño organizacional, es un
paradigma altamente extendido, sobre todo a partir de la inspiración
del Enfoque de Sistemas Sociotécnicos (Trist, 1981/1988).
La alcoba es de las situaciones concretas donde virtualmente puede
haber un único acosador[2]. En la mayoría del resto de situaciones,
aunque parezca que hay un sólo agente acosador, éste es el cabecilla
o líder de un grupo, al que orquesta en contra del acosado. Incluso
tal líder directo, es en bastantes ocasiones, el agente adulador y
obediente a los deseos, más que órdenes concretas, de un poder
superior, más o menos interesadamente ingenuo; con lo que los
límites del grupo acosador pueden ser muy difusos, y la privacidad
no reducirse a un escenario material. La privacidad del acoso
infantil (Bullyng) tiene múltiples escenarios, con el único
denominador común de estar lejos del control de los adultos.
B) Clausura o restricción de las posibilidades de abandono del
escenario.
Una aventura de fin de semana, puede empezar y acabar en el día.
Pero la relación de un matrimonio veterano, que llegue a este grave
conflicto, no se rompe fácilmente de la noche a la mañana, por las
vivencias pasadas, los hijos, o los bienes y deudas en común.
Tampoco una relación de trabajo se rompe sencillamente: no es fácil
encontrar otro, dentro de la propia organización hay pocas o nulas
posibilidades de movilidad (caso especial de las administraciones
públicas), e incluso unos son más vocacionales que otros. Por
ejemplo, un tipo de instituciones donde se detecta mayor incidencia
es aquel en el que sus miembros desempeñan una labor más vocacional:
medicina, enseñanza, administración pública, o voluntariado; frente
a labores más instrumentales o estrictamente lucrativas.
Las situaciones tradicionales de esposa sin autonomía económica,
imbuida de valores incuestionables sobre la estabilidad del grupo
familiar, en pequeñas comunidades de baja movilidad, sin posibilidad
de divorcio legal, etc. definen un grupo de especial riesgo, en esta
dimensión; y en la anterior (por lo íntimo de la relación).
Para las personas con discapacidad, es el riesgo que resulta más
visible, la capacidad de maniobra del discapacitado es por
definición menor que la del resto de la población. Ya lo expresa en
forzado juego de palabras.
C) Pragmatismo, inestabilidad o ambigüedad de la cultura de
autocontrol de la conducta social.
Se trata de una abstracción de lo que Leymann, centrándose en el
ámbito laboral, describe escuetamente, como “mala organización del
trabajo”. En ámbitos con las características previas, no puede, ni
debe, haber un policía. En algunas alcobas hay un control simbólico
explícito, como un crucifijo. En ese ámbito y en el resto de los
ámbitos con cierto grado de privacidad y clausura, se supone
implícito un autocontrol, o control internalizado que inhibe las
conductas impropias; y en el caso de que éstas se den en alguno de
los miembros, los testigos la atajan de raíz, simplemente
abochornándola[3].
Esta dimensión es más dinámica que las anteriores, preexiste y se
degrada con la propia dinámica del acoso. Las situaciones y momentos
históricos de cambio, especialmente los compulsivos, los de “huida
de los viejos tiempos”, los de reubicación estratégica de élites y
maquiavélicos, son especialmente propicios. Casos más concretos son
las fusiones de empresas, o los cambios y reformas radicales
(particularmente los de ahorro de costos de personal y/o de
distribución de incentivos individuales guiados por criterios
dogmáticos, ampulosamente cínicos[4], o simplemente torpes;
criterios operacionalizados acríticamente, computados con
precisiones digitales blasfemas para la propia matemática[5] (cuotas
o índices de casos tramitados, de audiencia, de impacto, de
estandarización; rankings...).
Las arbitrariedades a las que se llega con estas políticas instauran
en las organizaciones el autoritarismo, el miedo, el gregarismo,
vecinos del terror, minando la jerarquía de valores humanos y
sociales (recuérdese, Maslow, por ejemplo). Pero no el miedo a
incontrolables fuerzas naturales, que unió a los primitivos
homínidos, los hizo sociales, y la sociedad les atribuyó la dignidad
de individuos, -incluso más allá de la muerte (Atapuerca)-, el
lenguaje, la cultura (la intersubjetividad, los significados
compartidos, la empatía, la confianza básica entre congéneres,
etc.); sino el miedo maniqueo, irracional, al otro (al que enceta
los huevos duros por la parte picuda en lugar de la ancha, al Pepito
Grillo, al diferente y solitario). Tales ingredientes van engrosando
mecanismos de control externo caprichosos, una mano invisible
innombrable y minando y persiguiendo el autocontrol cívico.
Ciertas técnicas de gestión, llevadas de aquella manera
–especialmente bajo el postulado simplista de relaciones lineales:
cuanto más de esto más de lo otro[6]-, como la Dirección por
Objetivos del incombustible gurú Peter F. Drucker (1955, 2003) y sus
incontables variantes, llevan muy rápidamente a las
disfuncionalidades apuntadas. Brevemente: objetivos muy claros
suelen abocar a medios muy oscuros, confundiendo la inmoralidad con
creatividad o “innovación”. Algo análogo puede ocurrir con los
psicólogos que aplicando técnicas de desarrollo de la autoeficacia,
se les va la mano, ignoran, menosprecian o destruyen el autocontrol
(Bandura, 2001).
En resumen, metafóricamente digamos que se trata de: (A) las sayas
de la mesa camilla, (B) el brasero, de momento vacío, y (C)
inadecuada ventilación de la sala. Todavía no hay combustible ni
combustión.
Estas tres dimensiones de la situación, no son cuestión de todo o
nada, caben diferentes grados. Cuanto más altas sean éstas en las
direcciones apuntadas, mayor gravedad podrá alcanzar el acoso; aquí
sí, hasta donde sabemos, rigen las relaciones lienales.
Así, las dos primeras son especialmente duras para las personas con
discapacidad: la situación de privacidad se prolonga más allá del
equipo de trabajo, en toda la institución, por cuanto tenga una
seudo legislación propia, unida a la inhibición del público o del
estado para intervenir en los asuntos internos, o sólo sobre los
productos; o peor aún, de una dimensión de un producto, como el “dar
empleo”. Aunque en menor grado, los problemas institucionales de las
personas con discapacidad son comunes a otras organizaciones de alto
riego, como las OO.NN.GG., los centros de enseñanza, los
ayuntamientos, los hospitales, los cuerpos militares, los
departamentos universitarios, o las congregaciones religiosas. (Caso
de especial riesgo: policías x municipales). En la misma dimensión,
en el mundo de la discapacidad, la privacidad puede llegar hasta la
intimidad, como también en el caso de la pareja; con lo que la
lejanía del control público se agranda.
En la tercera, entiendo que los riesgos son similares en toda la
población de una misma cultura o valores; en todo caso son
especialmente altos para todos en la cambiante y tensa actualidad,
por la limitada intervención pública exclusivamente sobre los
resultados (económicamente cuantificados[7]) y paralela inhibición
sobre los procesos, sin que la comunidad o los individuos hayan
asumido o aprendido su dosis de autocontrol; más bien parecen
estarse desaprendiendo autocontroles previamente asumidos,
tildándolos de anticuados; sin sustituirlos por ningún otro.
La solución aquí no es que cada individuo esté prevenido y al
acecho, destruiríamos un elemento básico del cemento social, la
confianza (Kramer, 1999), que ciertas políticas parecen entender
como un recurso gratuito e inagotable.
Descrito a grandes rasgos el escenario, vayamos con la dinámica de
los acontecimientos del proceso de acoso: los prolegómenos pondrán
combustible en el brasero; la primera etapa iniciará una ignición
sutilmente caótica.
Etapas
0.- Prolegómenos
En esta etapa preliminar se va a amontonar la leña o combustible
suficiente en el escenario del brasero, que más tarde iniciará un
nuevo ciclo con una chispa que nos llevará a la etapa propia del
acoso, de combustión sutil, a la vez que voraz.
La leña se va añadiendo cuando un individuo de un grupo va
acumulando frustraciones por cuanto sus legítimos intereses en el
grupo, o en el equipo de trabajo, van siendo repetidamente burlados.
Y esto es así porque tal individuo está en una posición de
debilidad, real o percibida.
La condición de debilidad más genérica es la de ser menos gregario
que el resto del grupo; cuando menos sus propuestas son percibidas
por el grupo como amenazantes para la peculiar identidad gregaria
grupal: los demás miembros del grupo se sentirían muy debilitados
sin un fuerte arropamiento grupal.
Es vagamente así en el mundo animal, donde por primera vez fue
descrito el síndrome del Mobbing por el fundador de la etología
Konrad Lorenz, a mediados de los 70: la mera presencia de una rata
grande y solitaria en una camada de ratas pequeñas y gregarias,
provoca la agresión sistemática y mortal de necesidad por la camada
en cuanto se sienten amenazadas.
En el mundo humano los componentes y la dinámica son mucho más
complejos. El candidato a acosado suele tener un historial social
previo de éxitos a los que le ha llevado una estrategia que ahora le
puede resultar fatal. Se trata de una postura social de colaboración
incondicional, unida a una cierta ingenuidad sobre la bondad y
racionalidad de la mayoría de sus congenies, lo que le ha aportado
una faceta de las habilidades interpersonales muy notable: las
propias para las relaciones de igual a igual, cara a cara, de
colaboración, de amistad, de amor. Por el contrario, como ya se
adivina, suele ser torpe en la otra faceta de habilidades necesarias
para la competición, las distancias largas, el intercambio o
comercio, sobre todo cuanto este tipo de interacciones son
implícitas. Como en las simulaciones de laboratorio en situaciones
ambiguas, de maximización sincrónica, con el juego del dilema del
prisionero, a los individuos que van con una estrategia de
colaboración incondicional, se les despluma (Oskamp, 1971; Reychler,
1979; Shure et al., 1968). Como consecuencia, en la vida real, más
aún que en el laboratorio, tenemos un individuo decepcionado,
socialmente frustrado.
Otras condiciones más salientes pueden contribuir tanto al
aislamiento del individuo frente al grupo, como a que se acumulen
frustraciones sobre tal candidato a acosado, a la vez que amenazas
gratuitamente percibidas por el grupo; en una dinámica recurrente.
Tiene más riesgos de acoso el individuo físicamente diferente del
estándar grupal: distinto sexo, diferencia notable de edad,
diferente formación o socialización; en fin, diferentes estrategias
vitales, como ya hemos señalado: de colaboración desde la
independencia, sobre todo. Se puede hacer una lectura recíproca de
distanciamiento por el grupo; previo, como en los grupos apiñados a
priori alrededor de una ideología, creencia o líder; o emergente,
como el reforzamiento progresivo de la cohesión del grupo que “se
siente amenazado”, incluyendo un creciente papel autocrático para el
líder atribucional.
Otros elementos aún pueden ayudar a percibir gratuitamente al
disidente como débil: la educación o cortesía, el estilo
participativo; u otras cualidades esgrimidas con naturalidad, como
la profesionalidad, la motivación interna, el desprecio de corte y
alabanza de aldea, la transparencia, espontaneidad, creatividad; o
la belleza, incluso.[8]
El conjunto de cualidades del diferente, provocan, particularmente
en el líder del grupo, envidia, celos; a la vez que sus déficits y
debilidades, el envalentonamiento del cabecilla para intentar
someterlo.
Aquí quiero lanzar una nueva metáfora: la del niño que persigue,
captura y somete al pajarillo pensando más o menos difusamente lo
fascinante que es el poder de volar del animal y lo injusto que le
resulta que la naturaleza haya dotado de ese poder a un ser
inferior, y no a él. Viéndose con el pajarillo en un ambiente
suficientemente cerrado, sin vigilancia adulta, incluso coreado por
otros niños, y falto de valores internalizados –pongamos
ecologistas-, el niño hará lo imposible por apresarlo, comenzando
por atraerlo con alimento; una vez claramente acorralado, si el
animal no abandona su “salvaje” impulso de libertad, más aún si pone
en evidencia torpezas del niño, éste se sentirá legitimado para
aniquilarlo.
Si en el grupo se encuentra un psicópata narcisista, un “mediocre
inoperantemente activo” (González de Rivera, 2002), aquí tenemos al
candidato a liderar el acoso. Su experiencia o inexperiencia, así
como su grado de psicopatía, son un importante factor de riesgo. Hay
acosadores muy torpes a los que se descubre pronto, como también los
hay que llegan a ser muy refinados acumulando más de un cadáver en
su armario. Tres destrezas del acosador me parecen importantes de
resaltar en este momento: la posibilidad de acosar simultáneamente a
más de un individuo, manteniéndolos separados e incluso ignorándose
y odiándose mutuamente; la de controlar su propia imagen: muy
correcta en público, y particularmente ante los superiores, e
inmoral y perversa en la privacidad del grupo; y la de seducir y
embaucar a su propio grupo de acólitos. Reflejan el abanico de
habilidades interpersonales para las distancias largas, en las que
ya comentamos que el candidato a acosado es deficitario; también
reúnen perfiles opuestos en las habilidades para las relaciones cara
a cara; el candidato a acosador suele ser muy torpe. Encuentro aquí
una veta patológica digna de estudio, tanto para prevenir el
sufrimiento íntimo de este tipo de personas, como su peligrosidad
social.
Toda esta gama de cualidades no son necesariamente rasgos de
personalidad previos, sino que a partir de unos mínimos de entrada,
particularmente de labilidad del autocontrol, del candidato a
acosador y del contexto, se aprenden y refinan en la dinámica
anestesiarte del acoso. Cada ataque no penalizado es un refuerzo
para las estrategias y ambiciones del candidato a acosador.
La percepción, si es que ocurre, de esta anomalía por parte del
candidato a acosado, potencia, sino es que inicia, su debilidad
relativa, su miedo, tanto a herir si simplemente lo verbaliza, como
a ser herido. Puede llegar a transmitir un profundo pánico, lo que
un individuo narcisista e inmoral puede llegar a hacer impunemente
instrumentando a un grupo. Esta configuración ha cogido de sorpresa
al candidato al acoso, la daba por sepultada en las profundidades
del medioevo, por superada por el progreso del estado social y
democrático de derecho. No está vacunado, no lleva armas ni escudo.
Es la sensación de estar encerrado con un niñato que juega con
pistolas cargadas, y apunta cada vez mejor y mas convencido.
En resumen, toda esta gama de componentes en los actores de nuestro
escenario, en sus diferentes gradientes, pueden ser tanto
condiciones antecedentes al proceso de acoso (rasgos de
personalidad, o estructura del grupo, por ejemplo), como también
emergentes; y sin duda, estratégicos por parte del grupo, nunca por
parte del acosado (que es el despistado del incipiente drama). El
grupo puede tener objetivos inconfesables, haciendo un uso
instrumental y cínico de los recursos del equipo de trabajo contra
el disidente, incluido un proceso de seducción y de promesas vagas
que el grupo rompe drásticamente una vez ha conseguido una posición
de ventaja irreversible sobre el preacosado.
Pero estoy adelantando elementos que pedagógicamente sería más
adecuado tratarlos en la etapa siguiente; sin embargo, las etapas
que estamos empezando a tratar, y las subsiguientes, no son
lineales, sino más bien fractales, hay una mezcla fatídica en cada
momento que se copia a sí misma en todo el proceso. Terminemos esta
etapa.
Un incidente crítico concreto, o varios difusos, reconducen esta
etapa y dan pié a la siguiente, prendiendo un ciclo de explosiones
en cadena en la leña acumulada en esta etapa.
I.- Incidentes críticos
Pueden venir determinados por un cambio brusco de estrategia por
parte del candidato a acosado. Lo que hasta ahora ha argumentado,
pedido o reclamado con timidez, educación o debilidad, real o
percibida, ahora lo espeta fuerte y claro, desenmascarando la farsa
grupal y particularmente las virtualidades del líder y candidato a
acosador.
Los casos más claros en este punto los he visto en mujeres cansadas
de padecer una situación dominada en la pareja porque sus legítimos
intereses han sido sistemáticamente relegados, a pesar de sus
educadas y amables advertencias, que un mal día replantearon claro y
fuerte pidiendo la separación, por ejemplo. El macho narcisista
puede llegar a sentirse tan ofendido como amenazada su identidad
virtual, que se auto-legitima para castigar sin límite. Las mujeres
que aún liberándose de las ligaduras de la pareja han tenido que
seguir compartiendo el lugar de trabajo con el “ex”, que además es
su jefe o líder del grupo de trabajo, han sufrido algunas de las
persecuciones más duras y persistentes que me han narrado.
Otros ejemplos de incidentes créticos pueden ser: el del empleado
que esgrime finalmente sus derechos laborales ante el jefe
autocrático; el profesor universitario que plantea sorpresivamente
su desvinculación de un catedrático sectario; o el fraile que
confiesa que ha perdido la fe en una comunidad, corrupta.
Otros incidentes pueden tener una provocación más directa por parte
del candidato a acosador, como la propuesta de una corruptela (el
alcalde que pide a un policía que devuelva las artes de pesca
legalmente requisadas, la insistencia sobre lo mismo con un soborno;
o comprar los muebles de un laboratorio universitario a un precio
desmesurado en una tienda concreta que luego revertirán en
comisiones, o taponar la entrada en el área a todo el que no sea de
los nuestros, etc.). La ofensa en estos casos nacerá de la negativa
del candidato a acosado; las tensiones previas se encargan de dar
todo el significado amenazante de la negativa, gratuitamente
percibido.
En los casos más graves, este tipo de incidentes, significan
levantarle la sábana al fantasma, con una clara demostración de que
debajo no hay nada, o lo que hay es corrupción. La herida y la
prueba legitiman al narcisista psicópata para entrar en la fase
propiamente de acoso, con la intención de sometimiento incondicional
del incontrolable Pepito Grillo.
Creo importante resaltar que parece haber muchos casos que no llegan
a estos incidentes; que se quedan eternamente en la etapa previa
soportando las frustraciones, porque el desequilibrio de fuerzas
entre pre-acosado y acosadores es excesivo; por debilidad extrema
y/o realismo pragmático, terminan sometiéndose a la voluntad
dominadora. Creo que de este tipo es el caso particular de muchas
personas con discapacidad, de muchas mujeres en una situación
tradicional incuestionable, del trabajo precario; y en general, de
la gente de bajo nivel socioeconómico. Hay poquísimos casos de
denuncia de personas en estas condiciones. Es la atávica esclavitud;
aunque sin cadenas físicas. Creo que no es apropiado llamarle
Mobbing. Hay literatura política suficientemente contundente. Falta
llevarla a la práctica para la universalidad de la condición humana.
En otro orden, tampoco incluyo en la categoría de acosados a
aquellos que emplean la misma guerra envenenada, que veremos en la
fase siguiente, que sus recíprocos hostigadores. Es sencillamente el
lado oscuro de la política organizacional, o juegos de poder (Foucault).
Sin embargo, si me merecen una categoría provisional los casos de
políticos acosados por grupos formalmente opositores, coreados por
los del propio grupo del acosado (cargos de partidos políticos y
sindicalistas, especialmente). Creo que en esta configuración se
encuentran algunos de los elementos más simples clarificadores del
problema general de acoso psicológico; amén de que el hecho de que
de entre los propios políticos profesionales se “destapen”
afectados, sensibilizaría al colectivo a promover los cambios y
reformas sociales pertinentes.
Desde el esquema de análisis de esta fase, podríamos hipotetizar que
el Mobbing es un proceso creciente en su incidencia y refinamiento a
lo largo de la historia. En etapas anteriores a la Modernidad, e
incluso a la Ilustración, la idea de individuo, libre,
autodeterminado, era muy difusa o inexistente (Foucault, otra vez).
Los individuos dominados, la inmensa mayoría, simplemente se
sometían. Espartacos ha habido pocos, ¡y así les fue¡. Diríamos que
el acoso psicológico ha ido creciendo conforme han ido surgiendo más
y más individuos con ansias de autodeterminación, no sincronizadas
con un progreso societal más lento, o más cínico, e incluso
regresivo de elites advenedizas, arbitrarias. El progreso social
raramente se alcanza sin víctimas, como con mucha razón remarcan en
la actualidad los analistas de la violencia doméstica.
II- Acoso y estigmatización
Se han reseñado hasta 45 conductas de acoso, que tanto
intuitivamente (Leymann, 1996) como por medio del análisis factorial
(Zapf, Knorz & Kulla, 1996).) se agrupan en las siguientes
categorías:
1. Comunicación inadecuada.
2. Distorsión de los contactos sociales.
3. Ataques a la reputación personal.
4. Exclusión de la situación laboral.
5. Ataques a la salud física.
Estas dimensiones no son ortogonales; tienen una nota común
fundamental: la prostitución de los atributos sociales del individuo
a través de interferencias en la comunicación que emite y recibe, y
la merma de sus recursos. El que procedan de la agrupación de 45, o
405 tipos de conductas, depende del grado de abstracción o
concreción con que se formulen. La experiencia de los casos
observados apunta a que las conductas concretas son innumerables, y
muy dependientes de la cultura organizacional, del contexto de las
tareas del equipo, del refinamiento y anestesia moral del grupo
acosador y de cada uno de sus miembros, particularmente el líder. Se
puede llegar a hacer de todo en contra del acosado, con tal que
cumpla las siguientes condiciones:
A) Contribuya al objetivo básico de doblegar la voluntad no gregaria
del acosado.
B) Castigue, no sólo su recalcitrante insumisión, sino sus acciones
de defensa; concretadas éstas básicamente en la denuncia pública.
C) Resulten impunes, no dejan huella perceptible para el modelo
cultural y oficial de demostración del delito.
D) Que tampoco intranquilicen las conciencias de los propios agentes
acosadores; ni de los testigos pasivos y autoridades.
Estos requisitos puede que los reúna una conducta concreta en
determinado contexto, pero no en otro. La propia dinámica del acoso
va construyendo y reconstruyendo tal contexto. Así sólo cuela, en
las etapas avanzadas del acoso, el desalojar a un académico de su
despacho, no sería admisible fácilmente de entrada, en un contexto
público. Sin embargo, en un contexto de empresa privada, sí se
repite, de entrada, en varios casos, el desalojo del despacho o del
lugar físico habitual de trabajo, hacia otro notablemente inferior.
En la dinámica del grupo acosador, se escalonan y exponencian
diversos sesgos ya muy conocidos separadamente por la investigación
en Psicología Social, pero que casi en ningún otro fenómeno se
entremezclan tan perversa e impunemente. Estos sesgos grupales son
una forma de explicar todo el proceso desde esta etapa. Son
básicamente los siguientes (Fuertes, 2002c; Ovejero, 1997):
1. La conformidad a las normas del grupo impide que los individuos
expongan opiniones o conocimientos contrarios a la mayoría. La
aparición de un “Pepito Grillo” (Whistleblower) en el grupo es casi
siempre castigada; en algunos casos extremos, muy dura y sutilmente,
y de modo ejemplar de cara a otros potenciales disidentes.
2. Factores de personalidad pueden afectar el comportamiento social,
como la timidez de algunos individuos que les impide presentar sus
opiniones y conocimientos asertivamente, no contribuyendo al
repertorio de respuestas (técnicas o morales) del grupo. Individuos
espontáneos, desenfadados, o creativos, en un clima políticamente
correcto, se suelen sentir desplazados; y si intervienen,
castigados.
3. Algunos miembros pueden carecer de habilidades de comunicación,
por lo que pueden fracasar en sus aportaciones. Por el contrario,
las personas diestras en el manejo de impresiones pueden influir
desproporcionadamente, aún no siendo expertos en los temas tratados.
4. También determinados individuos pueden tender a “acaparar el
tiempo de intervención” y argumentar con vigor desproporcionado.
Este fenómeno tiene un efecto diferencial: En los grupos de bajo
rendimiento, el “tiempo de intervención” está negativamente
correlacionado con el nivel de experto de los individuos
intervinientes; lo contrario de los grupos de alto rendimiento.
5. Determinaos individuos pueden comportarse egocéntricamente, (como
en el caso de ciertos directivos sénior, o jóvenes advenedizos, cuyo
egocentrismo es lo que les ha llevado a la cúspide decisoria),
despreciando las aportaciones contrarias a las propias.
6. Determinados individuos, y el propio grupo en su conjunto, en
estado agéntico (tendencia a obedecer acríticamente y aplicar
irresponsablemente las órdenes, e incluso deseos implícitos, de un
poder considerado superior) pueden actuar con asertividad
desproporcionada y faltos de ética; e incluso impunemente, si los
demás se sienten impotentes ante tal poder delegado, y éste es
innombrable. Así le ocurre a ciertos jefes de policía, o veteranos
académicos, que pueden llegar a creerse acosados por sus
subordinados, cuando éstos son marionetas de un poder superior (a
veces por propia iniciativa aduladora del grupo, y complacencia del
beneficiario), que los usa por el plus de impunidad y eficacia que
se consigue con esta estrategia. En análogo estado agéntico se
sumergen los dogmáticos, ahora respecto del poder normativo del
dogma, metarrelato, o simplemente objetivo incuestionable.
7. El efecto de estatus y jerarquía puede hacer que se le dé
excesiva importancia a las aportaciones de los miembros en estas
condiciones, formales o informales.
8. Polarización del grupo: Es la tendencia del grupo a tomar
decisiones más extremas que la media de los miembros. Las decisiones
de grupo tienden a ser, o más arriesgadas, o más conservadoras, no
por motivos racionales, sino como resultado de los propios procesos
de grupo (según que la norma social imperante prime el riesgo o la
cautela).
9. Pensamiento grupal: Janis (1972), identificó este sesgo en los
grupos fuertemente orientados hacia el consenso, de opiniones
monolíticas, que les lleva a conclusiones unilaterales, incorrectas
o inmorales, impidiendo la apreciación realista de cursos
alternativos de acción. El conflicto intergrupal tiende a
desarrollar esta presión de consenso intragrupo. Investigaciones más
recientes centran el desencadenante de este proceso en los líderes
dominantes, más que en la cohesión en sí, que sería consecuencia de
lo anterior.
10. La vagancia o indolencia social es la tendencia de los
individuos en situaciones de grupo a esforzarse menos de lo que lo
harían en solitario, o cuando se identifican o evalúan las
contribuciones individuales.
11. Difusión de la responsabilidad, es el sesgo por el cual los
individuos tienden a no responsabilizarse personalmente de las
acciones emprendidas en grupo. Entre todos la mataron y ella sola se
murió.
12. Efecto del bloqueo de la producción: Se da cuando algunos
individuos se inhiben en la producción de ideas, expresión de
opiniones, o conocimientos, por efecto de la abrumadora y cerrada
verbalización, e interrupciones de los otros. Este fenómeno se
observa especialmente en los procesos creativos (Grupos de Tormenta
de ideas), donde la producción media, en cantidad y calidad, de los
miembros aislados puede ser superior a la del grupo.
13. Tendencia del grupo a aceptar decisiones mínimamente
satisfactorias. Los grupos tienden a identificar la primera solución
mínimamente aceptable, y a continuación derrochar el tiempo buscando
razones para aceptarla y rechazar cualquier otra. Los grupos tienden
a no generar un rango de alternativas, antes de seleccionar sobre
una base racionalizada, la opción más deseable o etnocéntrica.
14. En otro nivel de análisis, el sesgo de algunos contextos
culturales de sobrevaloración del grupo frente al individuo, arropa
a todos los anteriores. Particularmente en las organizaciones donde
se intenta huir de viejos tiempos de individualismo, y más aún en su
etapa retórica –antes de probar con una mínima racionalidad su
eficacia y moralidad-, se tiende a ignorar que además de los
conceptos de grupo o equipo, existen los de: camarilla, gang,
pandilla, clan, rebaño, cuadrilla, mesnada, banda, manada... En todo
caso, desde Elton Mayo, en la literatura organizacional se ha hecho
excesivo énfasis en la posibilidad de características negativas (impredictibles,
espontáneas, etnocéntricas, etc.) del grupo, sólo entre los
trabajadores de bases, pero muy poco o nada entre élites y
directivos.
Esta etapa central del acoso es un paradigma de la acumulación
catastrófica de estos sesgos, por lo que es también un ejemplo de
cambio caótico, determinado por la extirpación en el grupo acosador
de los mecanismos éticos correctores, o bucles de segundo orden de
retroalimentación negativa (en sentido matemático: cambio de signo);
sustituidos por bucles de retroalimentación positiva, donde más
violencia conduce a más violencia, y menos ética a ninguna. Se
instaura en el grupo la dinámica de los sistemas cerrados, los
abocados a la muerte; en lugar de la de los sistemas adaptativos,
que corrigen sus excesos.
En este proceso, mientras el grupo se emborracha de sí mismo, priva
al individuo del oxígeno social, lo desafilia, no sólo del propio
grupo sino que puede llegar a redes alternativas como los amigos y
la familia. El acosado desarrolla una sintomatología larga de
describir, y que aquí no vamos a pormenorizar, por ser seguramente
el aspecto más estudiado y conocido del Mobbing. Resumiéndolo en
expresión, que cita el profesor Crespo, le acarrean una corrosión
del carácter, se vuelve hipervigilante, irritable, desconfiado; a
través de lo cual él mismo contribuye a su aislamiento, en el propio
grupo de trabajo y en su entorno. Otra metáfora: el elefante se hace
mucho daño a sí mismo al defenderse de las moscas cojoneras.
En esta etapa, como en todo el proceso, la conducta básica del
acosado está siendo la denuncia pública, en un primer lugar al
entorno más inmediato, en un segundo momento a las autoridades de la
organización; para derivar en la consulta profesional, y en su caso,
llegar a los tribunales[9]. Tales denuncias, que en principio son la
palabra de uno, contra la de muchos votos cautivos, se vuelve
frecuentemente contra el propio denunciante. Sobre todo por el
difícilmente evitable tono agrio con que las esgrime; el colectivo
establecido suele negar la verdad del contenido, de la letra, por lo
políticamente incorrecto de la música de la denuncia.
El tiempo está dando crecientes posibilidades, a los acosados en
general, de que el proceso se mitigue o se detenga con la
intervención favorable de los testigos, cuando la divulgación sobre
este problema contribuye a crear las categorías compartidas de
análisis apropiadas, no sólo para no contribuir a las perversas
construcciones atribucionales del grupo acosador, sino a
desconstruirlas (Derrida). Esta intervención externa puede
básicamente ayudar a reinvertir el fatídico mecanismo de
retroalimentación positiva imperante y volverlo adaptativo en lugar
de destructivo.
Como también puede ocurrir lo contrario, los testigos o todo tipo de
redes sociales del acosado, incluida la pareja y la familia, se
engranen al proceso atribucional acosador. No son pocos los acosados
que llegan a la separación matrimonial. Conviene matizar que los
maridos acosados suelen recibir más apoyo emocional de sus esposas
que en el caso inverso.
Hay algunos porqués especialmente claros para esta dinámica, no sólo
de inhibición sino de contribución al acoso por parte de los
testigos y de las individualidades del grupo, previas y simultáneas
al deterioro de la imagen social del acosado. Por un lado, éste
cumple un papel ejemplarizante, particularmente hacia las
potenciales individualidades del grupo; el mensaje que transmite el
acosador, viene a ser: “Ved lo que le ocurre a quien no se me
somete”. El tenso y degradado clima moral de la institución
multiplica esta sensación, al premiar la simpatía y ejemplares
productos del acosador. Como el caso reciente del periodista del New
York Times.
Hay otras que no por sentenciosas dejan de ser apropiadas: “A perro
flaco todo son pulgas”, que también ha constatado la investigación
psicosocial; al demostrar, por ejemplo, como el puñal esgrimido en
una agresión por un individuo de la élite sobre otro marginal,
cambia de manos en la percepción, el recuerdo y la transmisión de
rumores (Allport y Postman, 1947).
La dinámica adquiere un nuevo cariz cuando interviene las
autoridades; generalmente porque el problema ha desbordado el ámbito
del equipo de trabajo y su entorno próximo (Leymann, 1996).
Continúa
.... 2º parte (Resto de artículo, conclusiones, bibliografía)
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