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Francisco Fuertes
Martinez |
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2º
parte .... (Viene de introducción y fases)
III.- Intervención de autoridades y profesionales
Lentamente vamos teniendo noticias de intervenciones, mínimamente
aceptables, de las autoridades; aunque son escasísimas; y
generalmente apenas permiten un respiro al acosado.
El sesgo básico en el que incurren frecuentemente, jefes de
personal, directores de empresas y otros directivos es el error
básico de atribución. La existencia de un caso de agresión
psicológica en sus dominios significa rotundamente que están
cumpliendo mal su papel directivo. Ayudados por la confusa dinámica
pública del problema, tenderán a atribuir la causa del mismo, no a
sus limitaciones como directivos, sino a la personalidad de la
víctima. Leymann recalca, y lo hemos podido comprobar, que las
mujeres directivas tienden a inmiscuirse emocionalmente en la
dinámica social del problema, de parte de los ejemplares y modositos
acosadores; y los hombres, con similares atribuciones, a pasar de
implicarse directamente en el problema, pero a iniciar acciones de
defensa implícita e incentivación de los acosadores: éstos suelen
ser magistrales aduladores del poder establecido.
Si entendemos al conjunto de directivos como grupo, formal o
informal, se les pueden aplicar la misma serie de sesgos que
detallábamos en la lista anterior para el grupo acosador; ahora para
entender sus atribuciones y consecuencias acciones o inacciones.
Frecuentemente la función de prevención e intervención en conflictos
no está claramente asignada a ningún directivo, o lo está más de
cara a la galería que al objetivo confesado... Campo abonado para la
difusión de la responsabilidad, ¡incluso más allá de la cúspide!. Se
instaura un modelo perverso de pensamiento colectivo, donde se
confunde la dirección del tiempo y los efectos con las causas. La
mayoría de los trabajadores, aunque calle por miedo, entiende
mínimamente el síndrome (por eso tiene miedo) catalizando el
deterioro del clima organizacional.
Pretender que ambas partes negocien es una grave incongruencia, dado
el absoluto desequilibrio de fuerzas, y la prostitución del lenguaje
y la comunicación en este microcosmos. Cabe, en todo caso,
una
mediación con representantes en equilibrio de fuerzas y distanciados
o descontaminados de la grave prostitución del lenguaje y la
comunicación.
En el
caso de personas con discapacidad acosadas, el discurso atribucional
es doblemente perverso: se proclama como causa los déficits del
discapacitado, ignorando la minusvalía exponencial que está
aportando el acoso al esquilmarle más allá de los límites de la
mínima ortopedia para cualquier ciudadano saludable. Mientras que
los acosadores, y particularmente el líder, van acaparando más y más
privilegios. Un ejemplo banal: a un acosador con un problemilla
personal por vivir lejos del lugar de trabajo, se le flexibilizan
los horarios teniendo en cuenta este déficit accidental; mientras
que al discapacitado se le concentra en las tareas más anecdóticas
para su trabajo y más crueles para multiplicar su minusvalía; a la
vez que se le excluye de cualquier tarea donde pudiera lucirse
mínimamente.
A veces se hace algo, como empezar a dudar de la eficacia laboral
del acosador, pasando a avergonzar sus conductas, o cuando menos, a
no celebrarlas. Si se reduce a esto, y no se asume una
responsabilidad institucional, emerge una nueva confusa víctima: el
acosador puede entrar en un proceso depresivo. Sabe éste muy bien,
ahora, que sus éxitos han sido orquestados por el sistema (con su
política de incentivos, tanto formal como informal), sabe que
simplemente ha sido interesadamente obediente y adulador de los que
ahora le niegan su aprecio. Ha sido un caza-recompensas en un
sistema de incentivos simplista y torpón, fácil de maximizar si se
anula toda ética, en el que incluso, la no sanción en caso de
errores o delitos, es en sí misma un premio, porque sus errores y
delitos no son aleatorios, son el instrumento de su acaparamiento de
recursos y privilegios.
Puede incluso pararse el proceso de acoso, pero quedar ahí, sin
restituir al acosado en la posición socio-profesional arrebatada; ni
menos aún pensar en el beneficio cesante, por decirlo en términos
económicos. Una nueva irresponsabilidad del colectivo de directivos
e institucional, que no soluciona el problema, lo pospone. A pocos
acosados les queda el humor para volver a empezar de cero y con
lastre, mientras su acosador mantiene todas las ventajas robadas y
acaparadas. Más de un acosado, por lo poco, ha perdido a setas
alturas la confianza en el género humano.
Puede incluso instaurarse un ceremonial de demostraciones de afecto
hay el acosado, que en un principio éste agradece; pero cuando pasa
el tiempo y este ceremonial se estanca, pasan a ser carantoñas que
refuerzan las atribuciones personales lastimeras y el statu quo de
la situación.
Afortunadamente son cada vez menos los errores profesionales de
psicólogos, médicos, psiquiatras, abogados o prevencionistas en el
diagnóstico de la situación y problemas de la víctima; que los ha
habido, y los hay, cayendo en atribuir el problema a dificultades de
personalidad de la víctima. Es un atávico sesgo este de atribuir la
responsabilidad de los problemas a quienes los padecen. Especial
resalte merece el uso de la trama atribucional del llamado síndrome
de Burn-out (Maslach, Schaufeli & Leiter, 2001).
Una ayuda sustantiva que agradece cualquier víctima de acoso, en
cualquier etapa, es la de aportarle un esquema conceptual que le
ayude a analizar e interpretar la confusa y amenazante situación y
su dinámica. A este respecto, la lectura de alguno de los manuales
disponibles (en la bibliografía se citan varios), suele marcar un
antes y un después para sus problemas, tanto mejor cuanto más
tempranamente se le aporte esta herramienta. Como afortunadamente no
todo el mundo es psicólogo, y aún para éstos, es positivo alentarles
a desarrollar metáforas que describan para sí mismos y para los
demás, sus complejas vivencias; y así se han expresado algunos:
-“Es como la tortura china del goteo sobre un punto fijo de la
cabeza” (Recurrencia de las agresiones, aunque una a una, sean
“leves”).
-“Me siento como si llevara un radar en la cabeza” (Hipervigilancia).
-“En mi ámbito de trabajo, y particularmente durante las reuniones,
me siento como una puta a la salida de Misa Mayor” (Deterioro de la
imagen social).
IV.- Exclusión
Si el proceso ha llegado hasta aquí sin ayudas, e incluso antes, el
acosado puede entrar en un deterioro muy difícilmente reversible; y
en todo caso arrastrando un síndrome de estrés postraumático, para
el resto de sus días; en un 20% de los casos, muy pocos días, puesto
que llegan a cometer suicidio.
Sin llegar al extremo fatídico, otros desenlaces, que además de
graves en sí mismos, están cargados de potencial para llegar más
lejos, pueden ser:
En diversos casos de acoso, oficialmente terminados, aparentemente
remitiendo, aunque más bien en burda tregua, hemos sido testigos de
súbitos acontecimientos en la vida del acosado, del estilo: crisis
de pánico, infarto cerebral, infarto de miocardio, etc.
-Desinterés
por el reto en el trabajo, dada la perdida del valor intrínseco del
mismo; además de otros deterioros materiales.
-Cambio del lugar de trabajo. Debe procurarse que restaure la
dignidad arrebatada, si se percibe como una humillación más, el
problema se seguirá agravando con mucha probabilidad.
-Abandono, voluntario, del puesto de trabajo. Este es el resultado
buscado por el acosador en alguno de los más burdos tipos de
mobbing.
-Grandes dificultades tanto internalizadas como atribuidas, para
encontrar un nuevo trabajo.
-Jubilaciones anticipadas, bajas definitivas, y exclusión laboral.
-Exclusión social.
-Grave enfermedad y mete.
-Suicidio.
V- Intervención de la justicia
No necesariamente, como etapa condicionada a todas las anteriores,
sino en cuáquera de ellas, algunos de quines se sienten acosados
llegan a la denuncia formal, como una conducta más de su estrategia
general y radical (va a la raíz del problema) de denuncia pública
ante el aparato judicial del estado social y democrático de derecho.
Sus consecuencias pueden ser muy trascendentes.
La descripción de su problemática es en buena parte cometido de los
juristas; pero hay importantes parámetros que necesitan la reflexión
interdisciplinar; los psicólogos, cuando menos tendrán que aportar
peritajes.
Apunto algunas modestas ideas:
La indagación de este posible delito, se escapa a un esquema
detectivesco clásico; por lo poco se acerca al modus operandi de un
delito mafioso, la cadena causal no es lineal, sino retroalimentada,
emergente, y caótica.
Los
casos de acoso conducidos por un plan estratégico consciente y
explícito, por parte del acosador y su grupo; no sé si son los menos
frecuentes, pero sí de los más fáciles de detectar por el esquema de
indagación racionalista clásico. El problema lo veo más crudo en un
importante numero de casos, donde su dinámica es emergente,
resultado de un pobre control moral de su dinámica exponencial; de
conductas cuando menos temerarias e irresponsables, de gentes que
juegan, moralmente anestesiados, -frecuentemente por algún viejo o
nuevo dogma y l patología grupal-, con la vida de una persona.
Si el aparato judicial se pone celoso de los formalismos,
difícilmente apresará esta realidad. Será como intentar penetrar en
el mundo de la vigilia, desde la dimensión onírica.
El relato por el acosado de sus vivencias es tanto más caótico
cuando más afectado está. Y es así porque así son sus terribles
vivencias. Una reconstrucción d
Ie los hechos a lo Sherlock Holmes es
prácticamente imposible o muy simplificadora, porque la cadena
causal no es lineal, ni se concentra en acciones materiales sino
simbólicas. Los economistas ya han incorporado a su bagaje la teoría
psicosocial del Interaccinismo Simbólico (Blumer, 1982; Rose, 1971;
Torregrosa y Crespo, 1984), para entender el valor psicológicamente
fluctuante de una moneda. Por mi ignorancia no tengo noticias de si
en el mundo jurídico ha ocurrido, o que se haya quedado en las
inútiles asignaturas de Filosofía del Derecho. Por decirlo con una
analogía económica otra vez, el mercado social concede cada vez
menos y menos valor a la moneda que emite el acosado, y a lo que
vende, asfixiándolo psicológicamente; el aparato judicial, como
comisión de control del mercado, puede impedir este chantaje, estas
maquinaciones para alterar el precio de las cosas, incluida la
restitución del beneficio cesante.
Me parece clave centrarse, desde el punto de vista judicial, en que
en el proceso de acoso se están negando derechos civiles
irrenunciables a la víctima. Algo que parece ignorarse con
frecuencia, tanto por su gravedad, como por su contundente verdad.
Se recurre en varias sentencias a la definición de Leymann, en la
que establece una duración mínima de seis meses para considerar las
conductas descritas como acoso u otras precisiones estadísticas.
Frecuentemente se olvida que es una abstracción estadística útil
para hacer inferencias sobre índices poblacionales a través de una
muestra, pero no para precisar casos únicos. Podemos saber que la
esperanza de vida de un colectivo sea, por ejemplo, de 77 años; lo
que no nos permite inferir que el fallecido antes de esa edad, o el
que siga vivo a partir de ella, sea extraterrestre.
El Mobbing laboral se da en relación al trabajo, no necesariamente
en el lugar de trabajo. Hay casos de Mobbing durante una baja,
incluso de maternidad; sin necesidad de que la empleada pise la
empresa un solo instante. La vía del proceso de acoso es la
tergiversación de la comunicación, y esta podría ocurrir hasta con
señales de humo (dado lo tentador de su ambigüedad, espero no dar
ideas).
REMEDIOS
PSICOSOCIALES BÁSICOS
Las posibilidades de intervención son muchas e interdisciplinares;
parece hasta el momento muy difícil poner en práctica, más que
diseñar, un conjunto de ellas apropiado para cada caso, que dé con
las soluciones que resazgan del daño in integro a la víctima. Aquí
voy a resaltar o resumir algunas de las que puede aportar el
psicólogo, particularmente el psicólogo social, más que las del
psicólogo clínico. Digamos otra vez con una metáfora que ante una
epidemia hay dos grandes tipos de intervenciones: Las de administrar
los antídotos apropiados a los afectados, y las de atacar las
fuentes de contagio. Por mi parte intentaré centrarme más en estas
últimas, por cuanto creo que hay menos literatura al respecto.
En todo caso las soluciones pueden ser muy distintas para cada fase,
y cada caso, como ya hemos adelantado.
Como labor preventiva general creo muy importante un análisis
critico de nuestra cultura, particularmente a propósito del control
de la conducta social. La teoría crítica, heredera de la Escuela de
Frankfurt (Habermas, 1981, 1987), en general está diciendo y tiene
mucho que decir a este respecto.
Los espacios privados e íntimos están ahí y tienen que seguir
existiendo. Afortunadamente no todo es el Gran Hermano, ni el
Panopticon de Bentham. Ni el controlar o gestionar por resultados
significa controlar la ética de los procesos. La sociedad, los
grupos, los individuos, tienen importantes espacios donde
autocontrolarse. Es aquí donde creo que está la solución psicosocial
más genérica y trascendente: que los testigos de las primeras
conductas de abuso, de acoso, las avergüencen (o cuando menos no la
celebran), en aquellos individuos, grupos o colectivos que no se
autocontrolen.
Por lo que respecta a la imagen pública del proceso de acoso en
general, y de las responsabilidades de la víctima y acosadores;
quiero recordar sólo tres reglas básicas, que con frecuencia olvida
el entorno de testigos, autoridades y aparato jurídico. Se refieren
a las inferencias atribucionales sobre la personalidad de alguien a
partir de su conducta observada:
1.- La conducta pública no es necesariamente coherente con la
privada. Particularmente en algunas patologías es radicalmente
distinta. La conducta pública afectadamente formal, debería
inquietarnos más que encandilarnos.
2.- La conducta con el endogrupo, o más exactamente en situaciones
de no competición, lúdicas o de cooperación, tampoco tiene por qué
ser coincidente en la misma persona en situaciones contrarias, con
las conductas hacia el exogrupo o en la competición. Los
torturadores nazis podían ser, eran muchos de ellos, encantadores
padres, esposos y abuelos.
3.- No es objetivo interpretar igual la misma conducta en
situaciones distintas. No significa lo mismo, respecto de la
personalidad del agente, la beatitud social del que tiene las
espaldas cubiertas, que la inquietante angustia del que está al
borde del abismo. No es necesariamente egoísta el que reclama lo
robado, ni generoso el que reparte lo ajeno.
RESUMEN Y CONCLUSIONES
El
término Mobbing (Acoso Grupal), que procede del sustantivo inglés
Mob (enjambre, muchedumbre, manada); y a su vez, de la expresión
latina “Movile vulgus”[10], hace referencia a una patología de
violencia social ampliamente generalizada de pragmatismo cínico; y
en concreto de grupo, como microcosmos de la sociedad, que se ceba
sobre el insumiso a la voluntad grupalmente sostenida.
Los grupos, al igual que los individuos, pueden comportarse eficaz o
ineficazmente, y/o moral o inmoralmente. El acosador, no es un
individuo autosuficiente, es el líder de un grupo de dinámica
patológica.
En la dinámica del acoso moral convergen en espiral retroalimentada
positivamente (más violencia conduce a más violencia, y menos ética
a ninguna) varios sesgos grupales (como la presión de conformidad,
el pensamiento grupal, la indolencia social, la difusión de la
responsabilidad, el narcisismo de sus líderes, o el estado
agéntico), que le confieren un carácter caótico; cuya dinámica,
aunque explicable a posteriori, no es fácilmente predictible.
En los casos de personas con discapacidad, varios factores de riesgo
se acumulan para producir una incidencia hasta seis veces mayor que
en la población general. Como este colectivo, otros grupos e
individuos en condiciones precarias, reales o atribuidas, previas o
sobrevenidas, condicionadas a contextos cerrados o éticamente
autosuficientes, son las víctimas más propicias y frecuentes de este
síndrome sutilmente violento.
El desequilibrio de fuerzas no es meramente el de varios frente a
uno, sino el que las armas utilizadas son las que se soportan y
emergen de la realidad cultural del fenómeno grupal, particularmente
la dinámica atribucional interpersonal y social de las que el grupo
es un permanente generador, y el individuo estéril y supeditado a
los suministros (negativo) del grupo con el que se ve obligado a
convivir. Un par de ejemplos materiales: el individuo humano solo,
no puede engendrar; ni tampoco comprar o vender; y otros
psicológicos: ni imitar, ni ayudar, ni persuadir, ni amar...
Su remedio más drástico es el autocontrol, por la propia sociedad
civil. Lo que no excluye la necesidad de la legislación apropiada,
clara y abiertamente difundida.
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[1]
Versiones anteriores de este trabajo han sido presentadas en la
Conferencias Nacional sobre Diversidad y Discapacidad (Ponencia, en
prensa), y en Cursos de Verano de las Universidades Rovira i Virgili
y Jaume I. Todas ellas en 2003.
[2] Pero incluso aquí, con matices. Si estamos hablando de violencia
estrictamente psicológica, el desequilibrio de poder vendrá
potenciado por el respaldo de la cultura de la comunidad o sociedad
que les envuelve, y que la pareja internaliza. Añadiendo que en este
grado de intimidad extrema, hasta la violencia física resulta. con
demasiada frecuencia, impune.
[3] Es de suponer que bastarían frases del estilo: ¡Habrase visto¡,
o ¿Este de que va?. En todo caso, adecuadas al contexto.
[4] El cinismo más común suele consistir en “argumentar” el valor
estratégico de determinadas decisiones o acciones por cuanto se
presumen instrumentales par alcanzar “la calidad”; cuando suele ser
más verdad que tienen un valor lucrativamente directo para
influyentes camarillas, y muy dudosa para la Calidad..
[5] “Se acercan 1003 indios” -informa escrupulosamente el
centinela-; “Un oteador, dos que le cubren, y unos mil que se
aprecian en lontananza”.
[6] Ya Bertrand Russell ironizaba: “creemos que un hombre con dos
amantes, dos alcobas y dos penes, es más feliz que el que sólo tiene
uno de cada”. (Sceptical Essays, 1954)
[7] En inglés, “Conmodificatión” (de “Commodity” = Mercancía):
Conversación de todo en mercancía (Pinillos, 2002). Cuando no, en
votos.
[8] Leymann (1993, pp. 23-24) . Cuenta el caso sencillo y
contundente de acoso de una aparejadora ex-modelo, simplemente por
portar su belleza con naturalidad ante otra compañera mucho menos
agraciada y con algún problema adicional.
[9] Encuentro curiosas diferencias en el grado en que cada acosado
está dispuesto a hacer público su problema. El afrontamiento de lo
vergonzante del latiguillo cultural atribucional, no es fácil.
[10] Aportación de Javier Campos.
Fuertes Martínez,
Francisco.
Psicólogo, profesor de la Universidad Jaume I de Castellón. Facultad de Ciencias Humanas y Sociales, Dpto. Psicología
Evolutiva, Social.
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