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Francisco Fuertes
Martinez |
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Según “Jarabe de Palo”,
depende.
¿De qué depende? De
que se
tengan pruebas del tipo de las que los tribunales admiten, “son
capaces de ver”, tienen categorías previas en las que encajar tan
caóticos hechos y vivencias, hoy por hoy tan poco ínter subjetivas a
la vez que tan aparente y cruelmente privadas y exclusivas de la
víctima.
El procedimiento tiende a
ser tan acartonado que llega a ser análogo a intentar recoger agua
con cestos de mimbre.
Por no hablar del
Principio de Indeterminación de Heisemberg, baste con ilustrarlo –en
tono amable con
la ayuda de Quino:
¡No veas lo fotogénicos
que posan el acosador y su corte
en sala, cómo dominan los escenarios públicos!

También depende de que los beneficios a conseguir sean superiores a
los propios costes del acto jurídico en sí, que tiende a escarbar
con rudeza veterinaria en las heridas más íntimas.
Añádase, en el menos malo
de los casos, un cálculo
realista de la mejor sentencia que podría conseguirse, multiplicada
por la probabilidad de alcanzarla (“0.4”, según la revisión del
Magistrado Gimeno Lahoz en su libro reciente “Presión Laboral
Tendenciosa”, para sentencias favorables, con independencia de que
sean las mejores o no).
Suelo aconsejar a las
víctimas de violencia psicológica que cualquier cosa que hagan tenga
por meta central, estratégica, su óptima recuperación psicológica, o
resulte instrumental, táctica, para ello.
De manera que, lo de
recurrir a los tribunales sería indicado si es instrumental para la
recuperación psicológica, pero no como una meta con valor en sí
misma y por sí misma.
La fuerte personalidad
orientada a valores, de muchos acosados, les suele sesgar en esta
dirección. Les convendría pensar en una jerarquía de valores, más
que en un valor o conjunto de valores absolutos.
No significaría renunciar
a La Justicia, sino dejarlo para un mejor momento, personal y
social.
Así, los casos de acoso
que tienen por objetivo claro el auto despido de la víctima, y
las tácticas han dejado registros “admisibles a trámite” (lo que
unos llaman “Bossing”, otros Mobbing Laboral, o Mobbing a secas;
llamando a otros acosos más sofisticados “Mobbing perverso”).
Estos casos, serían
trasladables a los tribunales, buscando –creo que en la mayoría de
ellos- la sentencia del despido escrupulosamente indemnizado,
ejemplarizante, complementado por los daños y
perjuicios infringidos; lo cual, aunque “no tenga precio”, no
significa que por ello no tenga que haber una cantidad notable, ni
que con ella la víctima “piense en enriquecerse”, tiene que rehacer
todo un proyecto vital en condiciones de alta fragilidad, y
lastrada.
La readmisión sólo se
debería contemplar en casos de
absoluta garantía de cumplimiento de la sentencia rehabilitadora;
teniendo en cuenta que el control del Estado de Derecho sobre la
dinámica social primaria –de
un grupo de trabajo, por ejemplo- es más limitado que el de Hacienda
sobre el mercado negro (avanza, sí, pero menos que la anómica
inventiva de los delincuentes; Estado de Derecho y delincuencia
“razonan” de forma distinta).
Los casos que a mí me han
llegado hasta el momento (cerca de ochenta), no son de este último
tipo.
La gente es inteligente y
cuando se ve en este tipo de
fregaos va directa y acertadamente a los abogados; y a los
psicólogos nos llegan los casos más sofisticados, de los del tipo
que los magistrados llaman “Mobbing perverso” (en organizaciones de
servicios, mayoritaria –pero no exclusivamente públicas; la
administración pública es fundamentalmente de servicios, luego...)
donde el auto despido –aunque ocurre; por ejemplo en el “híbrido”
Enseñaza Concertada- no tiene tanto sentido como el impedir la
promoción, el privar de recursos y el multiplicar las exigencias
inalcanzables.
Todo ello si hay que
concretar tanto estos como aquellos exclusivamente en daños
contables al acosado, que sería tanto como decir que el objetivo del
violador es dejar embarazada a su víctima; lo cual sería cierto casi
sólo desde una perspectiva evolucionista, bajo el poderoso instinto
de propagar los propios genes.
Hoy, después de cerca de
diez millones de años de evolución desde lo estrictamente animal, el
motor del Mobbing perverso es una amoral ambición narcisista de
poder, como proyecto vital unidimensional, que ataca oportunista e
insidiosamente “a todo aquel que se
perciba como una amenaza para tan sagrado proyecto” (base biológica,
animal, de Mobbing definido por Konrad Lorenz).
Se aprovecha
oportunísticamente la circunstancia de compartir un escenario
limitado, un sistema de incentivos
concretos, o valores pragmaticistas generales, para ejercer una
violencia insidiosa, no sólo indefinidamente impune, sino incluso
premiada, a base de alagar a los poderes superiores y confundirlos
desde roles intersticiales prostituidos (roles organizacionales
formales o informales –estos, los peores- que presuntamente
comunican/coordinan dos o más subsistemas no solapados).
La posibilidad de
agresiones “invisibles”, sobre todo por indirectas, simbólicas o de
omisión –más que directas, físicas y de acción- es muy alta en tal
trama estructural y dinámica.
Resalto de paso, que una
de las razones de las discrepancias interdisciplinares, a propósito
de la definición de Acoso, o de qué es o no lo es, y cuántos, se
debe a los respectivos sesgos muestrales:
generalizamos a partir de
nuestras respectivos muestreos incidentales, representativamente
sesgados respecto de todos los casos posibles.
En cualquier modalidad,
pero sobre todo con los casos más sofisticados, más perversos, creo
especialmente esperanzadora (ya está dando resultados) la
mediación/negociación entre representantes de ambas partes.
Nunca entre hostigador
y hostigado:
La negociación si no se
da en igualdad de fuerzas es una
farsa.
Como representantes del
acosado un tándem abogado-psicólogo, abogado-médico,
inspector-psicólogo, etc.; y como algo más que representantes del
acosador (sino como responsables directos), directivos lo más
cercanos posible a la cúspide de la organización donde se está
produciendo.
Esta alternativa permite
“impermeabilizar” el cesto de mimbre y recoger algo de agua:
Ante un tribunal de
justicia, el Juez “me reprochó”, el haber incluido en un peritaje el
organigrama de la empresa; en una negociación con la empresa, da
muchísimo juego el contraste entre el organigrama oficial y el
oficioso; no digamos ya la consiguiente disparidad, más escurridiza,
entre la política de personal retórica y la real, en beneficio de
unos pocos y en contra de la propia empresa.
J. HART La “lucha”
entre acosado y acosador es análoga a la del Estado de Derecho con
la delincuencia organizada; pero tremendamente más desigual,
asimétrica, estado y acosado, se defienden con los recursos
definidos de la legitimidad, frente a los ataques indefinidos de un
poder fáctico enmascarado en la connivencia de un colectivo.
El mafioso se suele ir de
rositas, convencido de que “la policía es tonta”.
Ello hace concebir a
muchos acosados una esperanza de alta empatía por parte del juez;
mientras que es más probable que el juez recele de su esperada
empatía,
entendiéndola como chantaje emocional, sesgo o “ruido” en la
indagación.
Psicológicamente, el acoso
produce aún mayor indefensión, que la estrictamente jurídica, por
cuanto se trata de muchos contra uno, y con el arma con la que
“uno”,
solo y hostilmente acorralado, es absolutamente inútil:
La in/comunicación:
.“uno” puede hablar solo, pero
no dialogar o convencer;
.puede producir, pero no
intercambiar;
.viajar, no visitar;
.mirarse al espejo, no
abrazar;
.rumiar ideas, no opinar;
.ser robado, no cobrar;
.gritar, no ser oído ….
A este último respecto, y
aunque parezca que no viene directamente a cuento, lanzo un reto
interdisciplinar, ahora a los artistas dibujantes o pintores.
De cara a fomentar la
empatía con el acosado, que le libere de la malsana incomunicación
en la que le sumerge el Mobbing, propongo que creen la siguiente
imagen:
La de alguien nadando
afanosamente al lado de la barca de la que ha sido arrojado, se le
golpea con los remos, se le envenena el agua, por los que siguen en
la barca; se le
ayuda o no por otras barcas, etc.
Tendría unas cuantas
variantes, marinas o espaciales (estas últimas más apropiadas para
la juventud “bulleada”).
El día que el sistema
judicial tenga una empatía mínimamente semejante a la que sentimos
automáticamente los hombres cuando somos testigos de que otro hombre
ha recibido un golpe en los genitales; a partir de ese día, se
podrán llevar muchos casos a los tribunales.
Con los procedimientos tan
mecánicos actuales, seguidores
de la más pura ortodoxia metodológica de la ciencia física
(newtoniana; que no cuántica, por ejemplo), como mucho, el juez
llega a dudar de que ahí algo está pasando, pero muy frecuentemente
–quizá pensando ingenuamente que estamos en tierra firme,
garantizada para todos- sale de dudas (a veces, sacando de quicio la
definición de Heinz Leymann) a favor del fuerte, guapo, poderoso,
“ciudadano
por encima de toda sospecha”, a bordo de la barca social negada; y
en contra de la víctima, el feo, el debilitado, el fracasado, el
marginado de la flota social necesaria...
Toda la sociedad tiene que
tomar cartas en este problema, no sólo los jueces; en todo caso, los
jueces en nombre de la sociedad. Me temo que se sienten poco
apoyados por la sociedad oficial.

04/04/07
Escrito a una pregunta de
la asociación ANAMIB
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