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Francisco Fuertes
Martínez |
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Los bancos nos
han dejado colectivamente helados; pero desde hace por lo menos una
década, mucha gente -psicológicamente violentada desde las mismas
tácticas economicistas- tirita en tragedias privadas.
Los
publicitarios gráficos saben que un helado genuino no resistiría una
sesión fotográfica; pronto se vería pringoso, derretido por los
focos. Algo análogo ocurre con los cubitos de hielo: el metacrilato
da mejor imagen de témpano diamantino que el hielo real. Queda
claro: cuando la valoración de un helado, o de un cubito, se reduce
a su mera apariencia visual, los ganadores resultan ser tibio puré
de patatas teñido o pétreos bloques de metacrilato.
Masivamente
–aunque voces individuales ya nos lo advirtieron- acabamos de
convencernos de que cuando la calidad de un banco, o empresa en
general, se reduce -sobre cualquier otro aspecto- a su valor en
bolsa, “los mejores” devienen aberraciones de su identidad original
o públicamente pretendida.
De algunas
primeras neveras que apenas cumplían su función, se decía: “esta es
la mejor, enfría mucho”; pero ello no nos ha abocado a frigoríficos
caseros criogénicos. Ni los imprecisos relojes de cuerda –más dados
a retrasar que a adelantar- los hemos sustituido por ventiladores.
Tampoco nadie come hoy páginas publicitarias de helados, ni otros
platos sistemáticamente trucados.
Cuando se
trata de cosas que manipulamos habitualmente, tal teatralidad no
sale de su ámbito; el problema empieza al vérnoslas con procesos o
fenómenos que sólo conocemos como espectadores. Como ciudadanos
sabemos poco de las intimidades de los bancos; pero no tanto más,
del deporte de alto rendimiento, por ejemplo.
Un
Principio General para
toda esta casuística, y otras que otearemos:
“Cuando
la valoración o retroalimentación de un todo complejo se reduce a un
único, o unos pocos criterios, tal sistema tiende hacia una
aberración o transmutación del concepto original”.
Corolario
escolar: Para mejorar un todo, y no mudar a otro caóticamente
impredecible, su evaluación ha de hacerse con un abanico amplio y
heterogéneo de índices. Cierto que las catástrofes a veces son
creativas, pero ¡los experimentos mejor con gaseosa!
Admitamos
que puede haber una relación válida entre el rasgo medido y el
concepto evaluado (peso/salud, por ejemplo) dentro de un rango de
variación estadísticamente normal. La alarma salta al traspasar unos
límites: en los casos
outliners,
o “estratosféricos” en el criterio en danza, la relación con el
concepto, la sustancia, llega a ser absurda. Ni siquiera nula,
peligrosamente aberrante, e incluso contraria.
Es el caso de
los individuos más dados a la violencia psicológica. Mientras que
los no violentos guían sus vidas con cargo a un abanico de metas
colaboradoras amplio: ser o llegar a ser –no sólo parecer- hijo,
amigo, ciudadano, amante, esposo, profesional,
persona… respetable y
respetado; sin embargo, entre las personalidades violentas abundan
aquéllos con un proyecto de vida competidor y monotemático, a la vez
que virtual, intangible: Tratan exclusivamente parecer, y sólo
parecer, el más listo, prestigioso, eficaz, popular, abnegado,
honesto, seductor, permanentemente dominante… en definitiva,
cualquier monovalor personal cotizable en la interacción social.
Paso por alto
los riesgos (menores) cuando se trata de un solo criterio objetivo o
auténtico, tanto en lo físico, como en lo institucional o en lo
personal. Quiero centrarme en el crudo peligro de los criterios
únicos o de prioridad absoluta, cuando además son en exclusiva
socialmente construidos, percibidos, virtuales; sin sustancia real
ni directamente contrastables. Peor aún, cuando buscan disfrazar la
antisustancia: la ignorancia, el egocentrismo, la impotencia, el
complejo de inferioridad, la ineficiencia, el oportunismo; el
antivalor, en definitiva.
Si lo que
planteo es cierto, en un futuro descubriremos que en las empresas
que hoy están en quiebra por estas tácticas miopes, especulativas,
tiempo atrás hubo en su seno una espiral de empleados acosados -los
que defendían y practicaban la estrategia de abarcar las múltiples
tácticas que la eficiencia autentica del negocio exigía-
paulatinamente anulados por “brillantes” conseguidores de objetivos
especulativos y únicos, con quienes las autoridades corporativas se
complacían.
Podríamos ver
otras entidades llegar al borde de la quiebra económica o social;
dada la conocida alta incidencia y escasa atención política a este
mal.
[1] Quaderns de
Salut Laboral i Medi Ambient, Època II - Nº 1 (4). Març 2009.
Francisco Fuertes Martínez
fuerters@psi.uji.es
fuente original pdf
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